EL GRAN ARQUITECTO DEL HUMOR

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Rafael José Aponte Álvarez lleva décadas haciendo reír a Venezuela. Con ese mismo humor y dedicación, Cayito Aponte sigue en la vida artística, esta vez protagonizando el monólogo Los taxistas también tienen su corazoncito, una obra que según explica el mismo protagonista “es un recuento hermoso. Es una gran historia de amor, enredada con momentos políticos de Venezuela, de gobiernos contemporáneos. Comienza en el 45 y termina en el 62. Fue una época tortuosa en la historia de Venezuela, pero también llena de amor porque el amor ahí supera todas las creencias, todas las tendencias políticas, todas las inquietudes económicas, absolutamente todo, donde lo que queda es el amor”. A propósito de esta obra, estrenada el 1ero de febrero en la sala experimental del BOD Corp Banca, el gran Cayito, con un 18 con agua en mano y relajado luego de una presentación a sala llena, compartió sus memorias como uno de los progenitores del humor en  la televisión venezolana

Por SARA KAFROUNI

Luego de una extenuante actuación, Cayito Aponte se pasea por las áreas centrales del BOD saludando a quienes advierten que va caminando entre la multitud de un congestionado día de teatro;  mientras comenta lo fuerte que resulta hacer un monólogo como “Los taxistas también tienen su corazoncito” y confiesa, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo Cacharel, que queda extremadamente cansado, incluso más que cuando interpreta alguna ópera o afina la brillantez de su portentosa voz para imitar cantando. Nacido en Aragua y con una formación autodidacta entre músicos, políticos, literatos y poetas, experimentó el arte de lo escénico desde muy joven, iniciando con un trío musical y hasta oficiando misas en el patio de su casa en la época en que fue monaguillo en la iglesia de su pueblo. “Yo nací en esta ribera del Calanche vibrador, porque yo soy de La Victoria y el río principal se llama Calanche, pobre Calanche. Estudié toda mi primaria y secundaria en colegios del gobierno; nunca estuve en colegios privados. Estudié primero en el grupo escolar Rubén Darío, mi primaria, y ya en mi primaria tenía un conjuntico; era un trío que se llamaba Los Panchitos porque Los Panchos estaban de moda en esa época. Ya yo empezaba a tocar guitarra, y fui también solista del grupo escolar del Orfeón Ruben Darío, muy muchachito. Era un trío de guitarras, éramos Luis Gil, Salvador Bermúdez y yo. Salvador y yo tocábamos guitarra y Luis cantaba muy lindo y tocaba las maracas, y ese era el trío. Luego pasé al Liceo José Felix Ribas donde también participé en un conjuntico que teníamos, pero paralelamente yo fui monaguillo de la iglesia de mi pueblo, y después de monaguillo fui corista, y después fui maestro de capilla, y yo tocaba mis misas a las seis y media de la mañana todos los días antes de ir para el liceo, cuando la misa era en latín. Esa fue prácticamente una escuela para mí. Yo de muchacho nunca fui un muchacho tremendo. Algunos pueden pensar que sí lo fui, pero bueno… pues no, se equivocan. Yo soy más bien ahora un viejo tremendo; me estoy desquitando ahora porque yo fui un muchacho tranquilo, criado con todas las viejitas del siglo antepasado. Mis tías todas eran del siglo antepasado. Mi mamá era la única de este siglo que exactamente nació en 1900, de esas viejas dulcísimas, cariñosísimas, absolutamente católicas, por supuesto, entonces una de mis grandes distracciones en las tarde era de hacer de misas en el patio de mi casa. Era una casa muy grande, de corredores inmensos, y había una gruta de la Virgen de Lourdes en el medio, y yo me paraba ahí y hacía mi misa, y decía mi sermón y todas esas cosas, con una sábana por encima. Mis viejitas siempre me escuchaban; yo era su cura párroco. Total que esas intenciones de hacer cosas así, vamos a decir escénicas, nacieron conmigo”, contó Cayito con una contagiosa risa.

Cayito inició su vida musical siendo monaguillo, sin ninguna instrucción o formación académica, salvo la particularidad que tenía para realizar imitaciones y aprender gestos; sin embargo, confiesa que ha sido un “paracaidista” en cada una de las actividades que ha realizado. “He sido todo un paracaidista. Un paracaídas me ha llevado por todos esos caminos. Yo lo que digo es: ‘cuánta gente anda buscando caminos y a mí los caminos me han ido a buscar’, entonces cómo los voy a despreciar. Nunca pensé hacer nada de esas cosas, y la vida y la mano de papá Dios me llevó por esos senderos”, dijo Cayito, quien recordó que cantaba por 8 bolívares los días de semana, y 10 bolívares en las misas de los domingos, y que además fue serenatero, porque era la única forma de llegarle a las muchachas “reja de por medio”.

Así como la comedia le llegó sola, descubrió su pasión por el canto lírico con Agustín Lisbona, quien lo alistó para que cantará zarzuelas, algo que jamás había hecho y que no sabía cómo hacer. Sin embargo, aprendió, e incluso aprendió a producir y dirigir grandes proyectos artísticos: “Llego allá a casa del señor Lisbona: ‘estoy a su orden, qué quiere usted que haga’. Lisbona, con acento español: ‘bueno, que quiero que cantes zarzuela con nosotros’. Y yo le digo: ‘No, pero si yo no he cantado una zarzuela en mi vida. Es más, yo la he visto, la he oído porque a mi papá le encantan, y las oigo los domingos en mi casa, como oigo música académica y como oigo opera y toda esa cosas’. Entonces él me dice: ‘bueno, pero se la aprende. ¿Usted no se aprende un libreto a cada rato? Se aprende una zarzuela pues’. Y a los 15 días estaba cantando al lado de la mamá de Plácido Domingo, doña Pepita Embil. Ella era maravillosa. Ella era así como… se convirtió en una fan mía y fue una de mis grandes impulsores para que yo siguiera cantando. Ella, doña Francisca Cavalier y Alfredo [Sadel] no me perdían de vista. Es más, tengo partituras con las que él cantaba que me las dejó dedicadas a su ‘hermano Cayito’. Y bueno, después entré en la opera y me fascinó la opera; es mi pasión. Lo que es en música y canto fui absolutamente autodidacta. Yo no he tenido una clase de canto en mi vida, ni una clase de música en mi vida. Así que, ¿qué soy? un paracaidista, un asomao. Pero ya el paracaidista tiene 52 años cantando opera y yo creo que me ha salvado de todo. Yo creo que me ha salvado hasta de la muerte porque quizás por cantar tanto, el corazón resistió ciertos tapones que se presentaron en las arterias, ya como por esa práctica del canto fuerte había creado muchas arterias colaterales y por ahí yo irrigaba, y por eso no me dio nunca un infarto. Imagínate que suerte”.

Cayito Aponte, de pequeño, quiso cantar en el Orfeón Infantil Santa Cecilia, fundado por el Monseñor Ángel Pérez Cisneros, vecino de Cayito en La Victoria; sin embargo, curiosamente aprendió artes marciales con el papá del monseñor, a quién él consideraba su “compai” y apreciaba mucho: “Yo le decía mi compadre Jerónimo. Era su papá, y me enseñó artes marciales en esa época. No era Karate. Era una cosa que se llamaba Espadón, que era más o menos como el juego del tamunangue, la danza del tamunangue, que eso es muy de Lara. Bueno la danza del tamunangue lo hacen en honor a San Antonio, y quienes la practicaban lanzan golpes que tú dices: ‘se van a matar’, y nunca se pegan. Eso fue lo que me enseñó como arte marcial ese viejito, mi compai Jerónimo Pérez en La Victoria cuando yo era una criatura, tendría como 11, 8, ó  9 años, y ya a esa edad manejaba el espadón. Después fui espadista en la Universidad Central de Venezuela, y también combatí como espadista. Algunas las gané, algunas las perdí. Para mí era una diversión total. Yo no lo tomé así como una disciplina para ser espadista, o ser esgrimista de verdad verdad sino que me lo tomé así como a la san fason”.

LAS INFANCIA DE UN ROCHELERO

Con la añoranza de su hogar en La Victoria y el recuerdo de una Venezuela rural, sin lujos y con ingenio, comenta, al igual que el personaje principal de la obra que está interpretando, que fue un peliculero pues en la época en que él era un niño no había juegos tecnológicos ni clubes sino grandes extensiones de tierras, familias amistosas y bastante imaginación: “Yo lo que fui fue peliculero porque no había otra cosa que hacer en La Victoria en esa época. Es más, ahí teníamos un cine que teníamos que llevar nosotros las sillas de la casa. Lo que recuerdo de mi infancia es todo lleno de felicidad y sin mayores lujos, sin nada de esa cosas, buscando donde poner creatividad. Uno buscaba como hacer sus papagayos, uno hacía sus trompos, sus diábolos. Mi mamá era experta en diábolos. A ella le encantaban. Hacíamos unos gurrufíos y teníamos una fábrica enorme de gurrufíos, porque el tren pasaba por el sur de La Victoria, al lado del rio Calanche. Ahí estaba la estación del tren, y entonces nosotros poníamos las tapitas de El Polo que era la fábrica de El Polo de los Antonini―sí, los Antonini [caso Guido Antonini Wilson], gente maravillosa, además noble, gente honestísima. La madre de todos esos muchachos era una mujer muy querida porque ella era docente, y fue educadora de varias familias en La Victoria, muy querida―y entonces, bueno, cuando teníamos calculada la pasada del tren, colocábamos las chapitas en el riel del ferrocarril. Cuando pasaba el tren, las recogíamos aplastaditas. Son cosas ingeniosas. Lo único que teníamos que hacer era abrir los dos huequitos y meter el guaral, porque lo hacíamos con guaral, y era muy peligroso porque a veces afilábamos las orillas del gurrufío para echar gurrufío con el otro pa’ romperle la cuerda al otro. Esa era la costumbre, como los papagayos. A los papagayos le poníamos Gillette. Nosotros le decíamos Gillette a las hojillas, porque Gillette es la marca, pero eso en Venezuela es muy común, como en el Oriente del país, que a la avena no le dicen avena; le dicen Quaker, de una vez, y al cepillado no le dicen cepillado ni le dicen raspao; le dicen esnabor, por snowball [bola de nieve]. En fin, nosotros tuvimos una infancia muy feliz, absolutamente, en una Venezuela rural. Yo me acuerdo que me iba al puente del río Aragua y pescaba. Pescaba corronchos y pescaba anguilas y todas esas cosas, ahora ya no hay ni una gota de agua. Yo he visto ese destrozo del planeta, porque eso sucede en todo el planeta. Aquel río era caudaloso. Nosotros hacíamos pozos en el río y nos bañábamos. En La Victoria no había piscina. La única piscina que había era demasiado exclusiva porque era la de la casa de Zoila Rosa de Castro, la mujer del “cabito” Castro. Entonces uno no tenía mayor acceso a eso, y nosotros teníamos que buscarnos nuestras propias piscinas, hechas por nosotros, con piedras reteniendo el agua. Hacíamos represas en el río… eso es bonito”, rememora.

INJERTOS VENEZOLANOS Y EL ATENEO DE  LOS APONTE

Cayito confiesa que sus orígenes coinciden con los de muchos venezolanos, resultado de mezclas entre europeos, indígenas y negros. Su mamá Ana Luisa Álvarez de Aponte, y su papá que se llamaba Carlos Ramón Aponte Verdier, el cual era un hombre religioso y amante de la literatura, tanto así que recuerda que su casa fue como un Ateneo en la que sus padres recibían a cualquier cantidad de personajes histórico-políticos y artísticos como Jóvito Villalba, Luis Pastori, Andrés Eloy Blanco, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Germán Borregales, Gustavo Machado, Rafael Caldera y muchos más, menos a Rómulo Betancourt. “Mi papá era hijo de una francesa y él también era hijo de un señor bien moreno, negrito, los Aponte Urbina de Barlovento, y entonces el salió trigueñito, pero con el pelo amarillo y los ojos amarillos, un injerto raro de alpargata con chancleta, y así son mis hijos. Yo tengo hijos de todos colores. Tengo cinco varones y todos son distintos. Todos tenemos algo. Esta nariz no es aria; estoy marcadito por un negrito. Por mi casa pasaron poetas. Mi casa era como una especie de Ateneo. Cuando Neruda venía a Venezuela, llegaba a La Victoria. Cuando se iba de Caracas llegaba a mi casa. Mi papá era un amante de literatura. Políticos también pasaron y nunca hablaron de política en mi casa. Mi papá tenía una especie de magia para ellos que no los dejaba hablar de política. Decía: ‘aquí vienen a disfrutar, a conversar, a hablar de literatura’, y por ahí los llevaba. Y de verdad, nunca había una discusión. En mi casa pasó desde Germán Borregales hasta Gustavo Machado, pasando por Caldera, por Jóvito, todos los que se puedan imaginar de esa época pasaron por mi casa. Yo creo que el único [que no pasó] fue Rómulo Betancourt; nunca lo vi en mi casa. Andrés Eloy [Blanco] una vez estaba en mi casa y me puse a imitar a Andrés Eloy con aquella voz aflautada, pero ya me sabía los poemas de él. Una vez en mi casa, a Nicolás Guillen,  una señora no lo trató muy bien porque ella era catira y entonces él le escribió un poema ahí, justo en mi casa, porque ella le dijo: ‘recíteme algo poeta’, y él le dice: ‘señora, vengo de un recital de dos horas, yo con mucho gusto después le voy a complacer’. Y ella le dijo una cosa muy fea: ‘negro cuando no sale se asoma’. Entonces él se llegó al cuarto de los santos en mi casa—en  mi casa había un cuarto de los santos; era casi una capilla, santos de todos los que te puedes imaginar, el santoral completo estaba en mi casa. Bueno, un sitio también de oración de las viejitas, y mío también muchas veces—entonces  se metió ahí y escribió un poema. Yo no me acuerdo del poema completo. Estaba además muy niño, pero sí recuerdo la anécdota que le decía: ‘esta mujer angélica de ojos septentrionales, ignora que entre negros atabales se oculta el negro, el abuelo negro, el que risó por siempre su cabellera amarilla’ [poema El Abuelo]. Porque ella era de pelito apurao. Pues todas esas cosas las viví en mi casa. También iba Miguel Otero Silva, y toda esa cantidad de gente. Entonces eso me llevó a tener una formación cultural que le agradezco infinitamente a la vida, y que me ha servido de tanto porque, claro, uno hace todas esas cosas comunes, pero ya uno tiene como una base un poquito más amplia, y ve las cosas de una manera diferente”, relató el comediante, resaltando que su casa de La Victoria y todas las personalidades que ahí conoció fueron herreros de su sangre.

LA UNIVERSIDAD DE CAYITO

Cayito terminó su bachillerato y su año de especialización en Biología y Química, con el deseo de estudiar Medicina, pero no consiguió cupo, así que presentó una prueba de matemáticas y física y optó por un cupo en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela. Allí terminó la carrera de arquitectura, pero no recibió el título por impuntual y “bravo”. Según comentó, no logró presentar el proyecto final porque llegó tarde ese día, y los profesores, muy estrictos ellos, lo colocaron como inasistente. Luego de esto, Cayito, por orgullo de muchacho, no presentó el final para recibir el título. Sin embargo, su vida no seria de cálculos matemáticos ni diseño de estructuras, sino en una tarima y detrás de una cámara de televisión. Durante sus estudios universitarios, Cayito fue fundador de los shows de arquitectura y del Orfeón en arquitectura y asegura que de ahí lo sacaron “con una uña de águila para la televisión”. “Yo no pensaba en nada de eso, pero como teníamos un show buenísimo, nos vieron ahí, porque gozábamos un puyero. Nos metíamos con todos los profesores; imitábamos a todos los profesores. Teníamos el Conjunto de Arquitectura que era pique del Conjunto de Ingeniería. Ahí empezó cantando e imitando Joselo, y José Ignacio Cadavieco, que hoy en día es arquitecto. Total que de ahí ya pasé a la televisión, cuando menos lo esperaba, sin querer nunca meterme a artista. Y me metieron el primer día en una cámara cuando debuté en televisión el 16 de septiembre de 1959 a un cuarto pa’ la 1 de la tarde. ¿Tú crees que ese susto se puede olvidar? ¡No! Fue en El Show de las doce que animaba don Victor Saume. Él era muy caraqueño, muy chacharachero, trajo a gente de todas partes del mundo, de todo el Caribe, y bueno pues a mí me pusieron siempre de imitador. Yo tuve tres años en Radio Rochela haciendo nada más que imitaciones de cantantes de la época y el primer personaje que imité se llamaba El Indio Araucano, que tenía una voz de barítono muy bonita, no educada, pero muy bonita, y él era comiquísimo porque se ponía un guayuco inmenso de indio, y su pluma, y un tamborsito, un tan tan de esos indios, cantaba cosas chilenas, las guayas y todas esas cosas. El segundo fue Nat King Cole, con la casualidad de que estaba Nat King Cole en Venezuela y me lo pusieron al lado. Eso me pasó muchas veces con Pedro Vargas, con Lucho Gatica, con los mismos de aquí, los cantantes venezolanos, por ejemplo Mario Suárez.  Yo lo imitaba delante de él y él me salía persiguiendo. Lo mismo hice con el negro Héctor Cabrera, que yo quise tanto, y ya ha desaparecido, y con Alfredo trabajé muchísimo, pero no imitándolo. Trabajamos juntos en la zarzuela, Plan de la Opera se llamaba. Yo también imitaba a Genaro Salinas, que cantaba muy lindo, yo no cantaba tan lindo como él pero lo imitaba. Así empecé a hacer cosas hasta que por fin me dieron el permiso para hacer imitaciones de personajes y el primer personaje que imité fue a Renny Ottolina, y después él fue mi sopa porque lo imitaba a cada rato y cuando no llegaba Renny Ottolina, porque estaba vendiendo su propaganda—él era su propio vendedor—llegaba el productor, que se llamaba Gonzalo de Córdoba: ‘Cayito por favor búscate unos anteojos y pontelos y sácame el programa de Renny, como Renny, porque no ha llegado’, y yo lo hacía y después Renny me perseguía por todo el estudio y gozábamos un puyero. Nos hicimos grandes amigos”.

LA ROCHELA

De La Cruzada del buen Humor pasó a la Radio Rochela, en donde interpretó y parodió a muchos personajes de la vida nacional, cultural y sobre todo política de Venezuela. Con el don de la imitación Cayito inició como un hobbie el programa que se convirtió en tradición familiar todos los lunes a las 8:00 pm, y estuvo en él desde su primera transmisión en 1959 hasta abril del 2010, con el cierre de la televisora Radio Caracas Televisión, cerrando consigo uno de los hogares del ilustre comediante. En sus inicios, Cayito comenta que entró en Radio Rochela y formó parte de ese grupo durante 51 años: “Yo era el único que quedaba cuando se llamó la Gran Cruzada del Humor. Luego comenzó a ser la Radio Rochela y trabajé en la Radio Rochela Televisión y Radio Rochela Radio. Teníamos un éxito total. Teníamos una cadena de 27 emisoras en el país y fue tal el éxito de Radio Rochela Radio, que teníamos que hacerla hasta de dos horas. Aquello fue un trabajo terrible, y además tuvimos, luego de que Renny dejó El Show de las doce, animar el festival 66 con el mismo productor de la Rochela que fue Tito Martínez, que fue mi padre artístico con Charles Barry, un gran cómico venezolano padre de Juan Carlos Barry. Entonces en la época del 61 empezaron a llegar los demás. Llegó Bólido, llegó Pepeto, llegó el Gato, la lista es inmensa. Fue un programa tan importante, de tanto peso, que me contó una vez Gonzalo Barrios que suspendieron un consejo de ministros para ver la Radio Rochela porque yo hacía una cosa [un sketch], que era yo mismo haciendo varios personajes. Él me lo contó. Fíjate como aceptaban la crítica. Disfrutaban que uno los criticara y gozaban un puyero. Yo creo que sería muy difícil hablar de toda la Radio Rochela. Fueron 51 años en Radio Rochela. Para mí, Radio Rochela y RCTV fueron mi casa, que me permitió hacer todo lo demás que he hecho en mi vida; se lo debo a Radio Caracas Televisión. Mis cinco hijos comieron gracias a RCTV. Yo pude hacer todos esos disparates de meterme en todas estas cosas gracias a RCTV. Radio Caracas era mi casa y cuando la cerraron sentí como si me hubiera quedado fuera de la casa sin ninguna de las llaves. Entonces, empecé a pasar el frío de la tristeza de ver mi casa cerrada. Ya esa es la segunda tristeza que he tenido. Yo creo que hoy habría un caldo de cultivo maravilloso para la rochela de entonces, porque la rochela de entonces se nutría de lo que sucedía en el país. Era una atalaya de observación de lo político, lo económico, lo social y por eso tenía un peso específico. El humor no se hace en una cúpula de cristal; el humor se hace pateando calle, conociendo a la gente y conociendo los momentos buenos o malos del momento histórico. Desde toda la vida, de Aristófanes para acá, la política ha sido la fuente principal del humorismo. Lo que nunca he entendido es por qué le temen tanto al humor, porque yo no he visto un humorista lanzando piedras, quemando caucho, asaltando, ni invadiendo terrenos. ¿Cuándo han visto a un humorista que tumbe gobierno?¡Nunca! Lo que pasa es que no ha habido una fuerza, una enjundia para seguir haciendo humor, a pesar de todo, porque eso es un reto a la inteligencia. El humor se puede seguir haciendo porque se puede meter por las rendijas”.

DE PLACERES Y EL AMOR

Aunque practicó todos los deportes, este gran comediante aseguró que no era bueno para ninguno, y que de hecho jamás jugó fútbol porque en La Victoria ni siquiera había llegado este deporte. Sin embargo, su gran pasión es la cocina, por lo que ha tenido varios restaurantes, entre ellos El Estadero, Los Arrieros, La Guacharaca, que vio nacer a artistas como Claudio Nazoa, El Ensamble Gurrufío, Laureano Márquez, Er conde del Guácharo, Emilio Lovera y más. Luego emprendió un nuevo proyecto junto a Claudio Nazoa, el cual llamaron El Cayo Claudio, en el que cocinaba los fines de semana elaborando la sopa de los “saca ratones de los sábados”. Cayito se considera como un “cocinero impenitente”, de ahí que dedique mucho tiempo cocinando en su casa y hasta tenga una cocina industrial donde desarrolla su gusto culinario creando platos nuevos.  En el terreno donde hizo su primer restaurante, tuvo varios caballos de paso porque le encantan, llegando a tener 16 caballos, pero los dejó porque asegura que se olvidó de ellos y “caballo de paso que no se atiende se daña, como si fuera un carro parao por mucho tiempo,  si no lo enciendes se daña”.

De los tres matrimonios, tuvo cinco hijos, muy unidos a él, y por lo que bromea diciendo que estuvo “20 años pariendo”. A pesar de que Cayito Aponte se ha casado tres veces, asegura que la familia nunca se destruyó: “Gracias a Dios la familia nunca se destruyó. Seguimos siendo todos una familia, que yo creo que es lo principal porque el hogar es eso. El hogar, no es más que la unión, no es civil ni eclesiástica, es el cariño, es el respeto, es la formación de los hijos y eso nunca nunca gracias a Dios faltó ni ha faltado”. Unión que comparte desde hace 26 años con su última esposa llamada Coromoto,  compartiendo responsabilidades, alegrías, gustos y las faenas del hogar: “mientras ella limpia, yo cocino”, dijo Cayito quien ama la cocina, la familia y su hogar.

A través del tiempo y mirando cada uno de los personajes que Cayito ha interpretado, resulta difícil escoger uno, sin embargo, el rochelero asegura que sí hay una caricatura que lo marcó: Carlos Andrés Pérez. “Indudablemente que la caricatura―yo nunca hablo de imitación sino de caricatura fonomímica, porque eso es lo que hacemos: la exageración de los caracteres prominentes de una personalidad. Caricatura fonomínica, con voz y movimiento―de Carlos Andrés Pérez me marcó y yo lo marqué a él, porque muchas cosas dije yo que la gente pensaba que las había dicho Carlos Andrés y no las había dicho Carlos Andrés sino que las había dicho yo. Y Carlos Andrés mismo dijo en una oportunidad: ‘como dice Cayito que digo yo’. Pero todos aceptaron con muchísimo sentido del humor todas las caricaturas. Me felicitaban, me buscaban, nos hicimos amigos de los caricaturizados, y yo creo que esa era una manera muy inteligente de aceptar el humor”, un humor sin chabacanerías ni vulgaridad, que hasta el momento, es lo único que le contraría el humor al excelso caricaturizador de la Rochela, que solo pide más años de vida: “Años para la lucha porque siempre he dicho: ‘cuando se acaba la lucha, se acaba la vida, y yo amo mucho la vida así que espero que papa Dios me acompañe en este empeño de seguir echando varilla”, y quizá también para terminar el libro que empezó tres veces y que nunca pudo terminar: “La montaña mágica” de Thomas Mann. Y con el deseo de seguir brindando alegría, Cayito Aponte, de santoral San Cayo, echador de varilla y cantante lírico, actor y empresario culinario, se terminó su 18 on the rocks, y saludando a admiradores a diestra y siniestra, se abrió camino entre los asiduos al teatro, y se fue caminando fuerte y orondo, como el gran arquitecto del humor que es.

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