Juan Ernesto: ¡Vivo una vida tranquila, pero sabrosa!

Foto de archivo Google

Sin entusiasmo por las tecnologías, que absorben mucho a la gente, e invirtiendo su tiempo en otras cosas, Juan Ernesto López afirma que no es una persona que sirve para estar una semana leyendo un libro sino que prefiere gastar el tiempo en otras cosas: “echando chistes y reuniéndose con amigos”.

Por Sara Kafrouni

¡Lo siento, ya es tarde! Lo olvidé por completo, nunca me ocurre pero aún así aún tengo energías para recibir a mi amiga. Me levanté temprano como siempre, ya no a las 5 de la mañana, porque por ser el día en que se celebra el natalicio del Libertador mi nieto Juan Ernesto no tenía clases, pero como es costumbre  fui al Estadio Brígido Iriarte a hacer mis ejercicios. Sí, ejercicios. Porque aunque pareciera que estoy muy viejo con mis 73 años, que pronto el 22 de septiembre se convertirán en 74 parezco de 26 años… jajaja…, con un poco más blanco el cabello, claro, peor por los años de la sabiduría que no me hacen más sabio midiendo 1.80 metros de altura. ¡Ah! y casi lo olvido, con antejos para leer de cerca y de lejos. Pero, claro ¿en qué estaba? Sí, hago ejercicios, siempre he practicado básquetbol, fútbol y beisbol, pero ahora practico una disciplina muy exigente en la que hay que mover los pies, la cintura, los brazos: ¡todo el cuerpo!

Recuerdo que antes de comenzar con este deporte solía correr en el estadio maratones pero tuve problemas con los cartílagos cervicales. Por su puesto,  después de tener tantos años corriendo  y que ahora como “recomendación médica” me sugirieran algo muy monótono como el caminar, no era mi idea. ¿Mi solución? Bueno, un encuentro fortuito con una atleta,  que es un fenómeno, solucionó mi problema. Ella era marchista y decidió enseñarme cómo hacer la marcha, y  desde de ese día la he practicado los últimos cuatro años.

Esto me hace recordar cuando en  aquella caminata con la Asociación de Profesores del Pedagógico de Caracas llegué a la meta, entre los 10 primeros. Éramos bastantes, pero yo estaba entre los primeros y de repente se me metió una señora.  Inmediatamente me digo: ¿Colle y esto? ¿Qué raro, y esta señora de dónde salió si yo no la había visto y ahora la veo corriendo?  Entonces le digo: “Señora pero esto no es corriendo, es caminando” y entre risas e ironías me dijo: “sí, pero cada zanjada tuya son cuatro pasos míos”. Y bueno, yo me quedé callado, me dieron mi medalla y toda la cosa. Claro, después supe que era tramposa y que se escondía en las esquinas para meterse cuando pasara el pelotón. Muchas veces se ganaba un premio o algo, pero haciendo trampa. Y como es natural en mí, me disgustan las mentiras porque no soy amigo ni seré amigo de ellas ni de la deshonradez.

Y, aunque anatómicamente no soy un tipo con una gracia especial en la cara, reconozco que nací feo y así me quedo. Pero tengo algo que hace que, feo y todo, la gente me quiera y me acepte: el buen humor. Y mira, que si bien el humor se puede enseñar como cualquier cosa de la vida nunca es lo mismo. Para ser humorista hay que tener lo que llaman ángel cómico, tener bis cómica que es una forma graciosa de representar o interpretar algo. Las personas que nacen con una bis cómica se le facilita mucho el humor, y a  juicio mío la persona que me parece que tenía el mejor bis cómico para hacer reír se llamaba Cecilio Mendive. ¡Oh Kiko! Así lo llamaban, mi gran amigo. Con él trabajé en Genovevo, hacía el papel de mi papá; recuerdo que esta obra la presentábamos en el teatro Chacaíto pero solo aguanté un mes. Varias fueron las razones.

Primero, no me gusta hacer teatro; y segundo, porque antes de empezar la función pensaba en mis hijos que estaban muy chiquitos, yo siempre me los llevaba para la obra, pero eran inquietos-tremendos y siempre pensé que el teatro es algo que lo desliga a uno de la familia. Entonces le dije a Guillermo González, que era mi socio junto con el dueño del teatro, que no iba a seguir.
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Pero, ya va. Creo que otra vez estoy disperso, así ni yo mismo me entendería. Primero, rememorando lo feo que soy y luego excusándome pero sin siquiera llegar al núcleo de mi sentido humorístico ¿Cómo surgió mi interés por la comicidad? Si me lo preguntan diría que es  algo muy importante porque realmente es un salto muy grande venir de la Tauromaquia para llegar a ser humorismo, ¿no? Y dirás: ¿Qué? ¿Juan Ernesto quiso ser, en un tiempo muy remoto, torero? Pues, sí.

En mi adolescencia, pretendía ser torero pero como soy zurdo era algo imposible y peligrosísimo, ya que a la hora de matar el toro lo puede agarrar  a uno. Pero aún así, iba al circo Arenas de Valencia,  ciudad donde nací y estudié (y  por si tienes curiosidad, estudié en el colegio la Salle), allí me prestaban un capote, una carretilla con un par de cachos  para que toreara hasta que se dieron cuenta de que yo era zurdo. Y  una persona que conocía el arte del toreo me dijo: “Retírate, porque siendo zurdo nunca vas a poder ser torero porque el toro se mata metiéndole el estoque y saliendo por este lado, pero zurdo nunca vas a poder hacerlo porque siempre te va a agarrar el toro”.

Eso fue una desilusión pero por lo menos me di el lujo de ver debutar en Valencia a un famoso torero en Venezuela llamado Cesar Girón  que toreaba con Moreno Sánchez, dos muchachos jovencitos, y los entrenaba Pedro Pineda. Y muchas veces yo iba a verlos torear y decía: “Ojalá se fijaran en mí” pero no, no tuve la oportunidad nunca jajaja… y claro ahorita veo un toro y me da miedo.

Así que mejor me dediqué a lo mío, ¿y qué es lo mío? El humor (volvemos al principio), con la misma afición por ser torero e ímpetu de muchacho inquieto travieso, siempre me gustó el buen humor.

Como ya lo dije antes, hice  mis estudios en la Salle, cuarto y quinto año de bachillerato, de allí entre a la Universidad Central de Venezuela a estudiar arquitectura, llegué hasta tercer año y ahí me quedó una materia. En tercer año yo me retiré porque empezamos en la facultad a hacer un show, teníamos esa inquietud por la farándula. Entonces empezamos a hacer un show en el anfiteatro de  la facultad y cobrábamos dos bolívares por la entrada, ¡claro ahorita dos bolívares es nada! Entonces hacíamos el show los mismos estudiantes, los que teníamos el buen humor clavado dentro de nosotros.

Yo comencé como mago, yo era digitalizador. Tenía aparatos muy modernos de magia, pero yo me puse muy nervioso el día que fuimos a hacer el primer show. Tenía un bastón bellísimo.  Un bastón negro que yo lo desaparecía y me quedaban dos pañuelos de seda en la mano y entonces eso era un bum, porque visualmente el truco era espectacular.  Pero, a mí se me olvidó decirle, por los nervios, al que entraba con los sombreros donde yo iba a poner los pañuelos que el bastón era un espiral de hierro que al quitarle la tapa se recogía rapidísimo  y quedaban dos pañuelos que venían por dentro. Recuerdo que le zumbé los dos pañuelos y él creía que eran pañuelitos de seda…jajaja… pero  eran tan pesados que se le cayeron al suelo y entones quedó el bastón  moviéndose como un gusanito en el piso. Todo el mundo se levantó a ver la tarima, yo me metí detrás de bastidores cuando de repente empezaron a gritar: “Qué salga el mago, qué salga el mago”, y me aplaudían y se reían.

Es entonces cuando  uno de los compañeros míos me dijo: “yo creo que lo mejor es que tú no hagas más magia y te metas a humorista que vas a tener más efecto”. Y así fui dejando la magia poco a poco y me dediqué a la comicidad. Ya para mi retiro oficial de  de la facultad de arquitectura iba a comenzar el programa de Radio Rochela,  yo fui uno de sus fundadores, y hoy ya voy para 49 años desde que la fundamos. Y es de esta manera que he protagonizado Qué gozadera, San Onofre pecho pelúo, el Vengador del llano, el Show de López y así muchos más. Eso sí siempre, desde muy pequeño, me gustó ver películas cómicas como las de Cantinflas y escuchar música pero leer no tanto así que para mí era preferible y todavía lo es echar broma con mis amigos. ¡Ojo! Con esto no digo que no leo.

Debo decir que a través de mis personajes he aprendido a conocer que el ser humano por naturaleza es querendón. Y esto es muy importante porque por lo menos yo, siempre tengo presente en mis recuerdos a mamá y papá.  Mi mamá era larense y mi papá era un descendiente de holandeses de Curazao que llegaron a San Antonio del Táchira, ambos eran muy sencillos, de clase media.  Y el  patrimonio que me dejaron fue una buena educación, me inculcaron la religión Católica en la casa, al igual que en el colegio, y el respeto por los mayores; siempre me inculcaron las cosas buenas, nunca las malas. Nosotros somos 5,  bueno éramos porque uno murió y  todos  nos criamos en  el seno del hogar, claro después cuando nos fuimos graduando se fue separando la familia. Nos fuimos casando y como todo en la vida, se cumple un ciclo.

Nunca olvido lo cariñosos que eran mis padres. Y las rutinas después de cenar cuando nos reuníamos para rezar el rosario juntos, en familia. Tampoco olvido cuando mi papá nos llamaba para que escucháramos una comedia que se  llamada Don Facundo Garrote, en aquel entonces no había televisión sino radio y, ¡Fíjate, ya yo desde esa edad me empezaba a interesar la comicidad, me encantaba oír esas cosas!

Vestir bien era algo importante en mi familia. Yo nunca ando derrapado, ¿o sí?  No, estoy seguro que no. Recuerdo que mis papás me enseñaron a vestir bien desde niño. Y por eso siempre trato de estar a la moda. De niño en las noches arreglaba mi ropa, la que iba a llevar para el colegio en la mañana  y la montaba en un gancho, todavía lo hago.
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¿Siempre estoy feliz?

Puedo decir que tengo una facultad y me siento orgullosa de ella. Mi cualidad es que creo mucho en Dios y le pido siempre que me dé mucha fortaleza para soportar la adversidad que me venga encima y unas veces la domino y otras no; paso un tiempo, no años pero sí un día o dos  y digamos que como todo ser humano siempre hemos tenido esa amargura ahí, pero después se pasa. El humor ayuda muchísimo para tener esa entereza para dominar las cosas. El humor inclusive, me arriesgaría a decir, que ayuda a curar enfermedades, bueno no a curarlas pero sí es una gota que ayuda a  la mejoría de personas. Constantemente rememoro que cuando se enfermó nuestro gran pelotero, Andrés Galarraga, el médico nos mando a decir  a los de Radio Rochela que le grabáramos tres casetes llenos de chistes y se los mandáramos para allá, para Estados Unidos. Yo no sé si ayudó o no pero sí me han dicho que el humor ayuda a curar las enfermedades.

Por eso, siempre tengo una sonrisa apenas siluetada en mi rostro que poco a poco  se va transforma en  carcajadas y rayos de alegría que irradian o tratan de inspirar a otros. Y teniendo una paleta de colores tan bella en el arcoíris por qué escoger unos solo. Por eso digo que mi filosofía de vida es, etimológicamente estilo  de los griegos amigos de la sabiduría, hacer siempre el bien, llenar de alegría al prójimo, ayudar al que pueda ayudar, evitar tener enemigos, siempre hacer amistades y tratar de vivir feliz y en una forma muy familiar.

¡Ah! Casi lo olvido. Mi nombre de pila es Juan Ernesto pero me dicen Pepeto porque cuando era pequeño un hermano, que es un año mayor que yo y para ese entonces tenía 3 años de edad todavía tenía la legua pegada y no sabía hablar muy bien; ni pronunciar bien mi nombre y me decía Pepeto,   y me fui quedando como Pepeto. Hoy en día todo el mundo me dice así, es como si yo hubiera adoptado un nombre nuevo porque yo atiendo es por Pepeto. Y me resulta muy raro  cuando alguien me dice Juan Ernesto, ¡Eso me extraña porque me encanta que me digan Papeto!

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